A veces siento lástima por las personas que corren tratando de acapararlo todo con tanta desesperación e insensatez…A uno le entran ganas de darles un palmetazo en los dedos y decirles: “¡Las manos quietas! ¡dejad de toquetearlo todo! ¡Quedaos sentados con educación! ¡En fila! ¡Cada uno tendrá lo que le corresponde!” De verdad, son como niños indisciplinados. No saben que, a veces, vivir con calma es sólo cuestión de paciencia, porque la armonía que buscan con tanta ansiedad – y que erróneamente llaman felicidad- deriva de unos pocos y sencillos trucos. (Sandor Marai;
La mujer justa ; Salamandra, pag. 142).