La prisa, el estrés, es una de las enfermedades de las sociedades con alta renta –no necesariamente con alto índice de desarrollo humano-, pues bien, el libro tradicional nos invita a la serenidad y al sosiego. No en vano el acto de leer es un acto personal, solitario, tranquilo e interior, que de camino que enseña y recrea, modera nuestro ritmo y nos permite pararnos en el reencuentro del sentido vital. (Francisco Puche;
Un librero en apuros . Memorias de afanes y quebrantos; Genal; pag. 155)