El opresor sigue siéndolo, y lo mismo ocurre con la víctima: no son intercambiables, el primero debe ser castigado y execrado (pero, si es posible, debe ser también comprendido); la segunda debe ser compadecida y ayudada; pero ambos, ante la impudicia del hecho que ha sido cometido irrevocablemente, necesitan un refugio y una defensa, y van, institntivamente, en su busca. No todos, pero sí la mayoría; casi siempre durante toda la vida. (Primo Levi; Los hundidos y los salvados; pag. 23)
Hoy estaré en el
Euskalduna aunque con una cierta sensación de
fracaso o de camino, y mucho, por recorrer. En algún momento hay que empezar a andar.