
Nunca nos ha acabado de convencer el proyecto Urueña concebido como un espacio donde da la sensación que el libro y la lectura son una vestimenta para tapar otro tipo de intereses.
Cuando además se pretende de manera indirecta un cierto ejercicio de censura o de autobombo, como parece que ha ocurrido por parte de alguna de las instituciones promotoras del proyecto sólo nos queda pensar que como proyecto muerto estará bien.
El problema es que los libros y la lectura se encuentran mal en espacios sin vida.