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Nuestras horas son minutos Cuando esperamos saber, Y siglos cuando sabemos Lo que se puede aprender. (Antonio Machado; Proverbios y cantares, El País, pag. 10) Etiquetas: Tiempo, Antonio_Machado, Conocimiento, Sabiduría A veces, en el punto medio, suele encontrarse la virtud, sobre todo, si éste sirve de punto de encuentro. Así, a nivel geográfico, Burgos es un punto medio interesante que he solido utilizar con frecuencia como lugar de encuentro entre personas del País Vasco, Madrid y Castilla. El Landa ofrece un espacio maravilloso, ya conocido por bastante gente, que posibilita el encuentro tranquilo, a distintos niveles, económicos, de privacidad y gastronómicos, que hacen posible el mejor aprovechamiento del tiempo. Ayer celebré, creo, el último encuentro "a mitad" de camino de este año. Por ello, me apetece señalar y agradecer con ello a algunas personas e instituciones su apel de referente y de punto de red que han jugado este año. El orden no indica preferencia. Además hablamos de red. Manuel Bragado ha sido un auténtico descubrimiento para mí. Me ha permitido, junto a Catuxa, también, descubrir quizás de manera más palpable la realidad "carnal" de la blogosfera. El camino de la tecnología me lo vienen mostrando Álvaro, Pablo y su gente hace tiempo. Por la otra punta, Zaragoza, también funciona como lugar de encuentro entre los Estatutos, Euskadi y Cataluña. Allí Pablo y yo retomamos una conversación abandonada hacía más de un año. Y las palabras, se han convertido en realidad naciente, incipiente, temblorosa todavía, pero, como todo lo que merece la pena, con mucho cariño por detrás. Siempre, hay referencias cercanas, tres básicamente, Fernando, con el que comparto años de amistad, conversación y comida reciente, junto con Txema y lógicas de trabajo parecidas en campos distintos, lo cultural y lo social que enriquecen nuetra relación. La Universidad que me permite situar la reflexión y la práctica en otro plano y en un contraste más académico y Jose y José Luis que son punto y aparte. No quiero olvidarme del otro lado del charco donde Roger me bombardea diariamente con sus informaciones de valor, aunque sabe y no olvido que me debe una botella de ron. Ni de la linde castellana con Portugal a través de Salamanca. La colaboración y la amistad con la gente de Amano permite que lo pensado tome concreción. Hace poco me decían: "Pásanos lo que escribes que a menudo eres demasiado esquemático y obtuso. Si nosotros lo entendemos, lo entenderá todo el mundo". Espero que esto lo entiendan. ¿Correcto? Dejo para el final una conversación continua, mantenida por teléfono, mail y algunos contactos personales y familiares que durante los últimos años se viene sucediendo, y que me enriquece con el autor, qué mejor para acabar, del libro que en su título refleja, en parte, el sentido de este post: "Todo tan cerca". Etiquetas: Amigos, Redes_de_significado
Recuerdo que cuando yo era pequeño había tiendas que ostentaban orgullosamente un letrero con grandes letras: "Precio fijo". El ofrecer un precio fijo era un signo de seriedad y de modernidad. Pero ya decía Vico que la historia no avanza en línea recta sino por "corsi e raccorsi". Y hoy estamos claramente en un raccorsi. (Miguel Siguán)
Etiquetas: Precio_Fijo En el blog de José Luis Orihuela leo una interesante reflexión de Juan José García Noblejas sobre la existencia en una librería de una sección de "libros lentos". Idea base que podría tener algunas variantes interesantes como, por ejemplo: - Reflejar y recoger aquellas apuestas que la librería hace y que por lo tanto no devolverá, aunque no tenga en inicio un alto índice de ventas. Esta sería la apuesta por la permanencia. - Reflejar y recoger aquellos libros que además del criterio anterior suponen la necesidad de dedicarle un "tiempo lento" para la lectura. Que requieren una "atención exclusiva" o concentrada. Esta sería la apuesta por el tiempo intenso. - Reflejar y recoger aquellos libros que como muy bien definió Raquel y la gente de A Mano permiten varias miradas o lecturas en función, entre otras cosas, del punto de vista definidio por la edad o la situación vital del lector. Esta sería la apuesta por el tiempo extenso y diverso. - Reflejar y recoger aquellos libros que reflexionan sobre el sentido del tiempo, la vida y la velocidad. Esta sería la puesta del tiempo reflexivo. Relacionados Tiempo lentitud y lectura 1, 2 y 3 Cuando el cortoplacismo censura la selección Etiquetas: Lectura_lenta En el capitalismo de producción la vida era un producto del trabajo, en el capitalismo de consumo un producto de la compra, pero en el capitalismo de ficción la vida es un juego mediático en el que somos nosotros el dueño del mando y su personaje. El capitalismo ha ido convirtiendo en mercancía todo cuanto encontraba. (Vicente Verdú; El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción; Anagrama, pag. 272) Etiquetas: Mercatilización_de_la_existencia, Vicente_Verdú, La_Vida_en_el_capitalismo_de_ficción Imaginar que se puede renovar la escuela sencillamente dotándola de medios audiovisuales y artilugios técnicos es una ilusión que tendrá como único resultado insoslayable una reducción del erario a expensas de los contribuyentes y en beneficio de los “señores del éter”. (Franco Ferrarotti; Leer, leerse, Península; pag. 60) Etiquetas: Escuela, Educación, Tecnología, Franco_Ferrarotti Suelo realizar, a veces, la compra de alimentación de productos no perecederos por internet. Supongo que ello ha motivado que Eroski me haga llegar un folteto promocional que viene encabezado por el sugerente título de Sobre el tiempo y su alcance y, en su primer párrafo, dice lo siguiente:
Qué hacer cuando la falta de tiempo te ahoga, te impide disfrutar más de los tuyos, te desconecta de las personas que te importan, te priva de dedicarte a lo que de verdad te gusta -la lectura, el deporte o, simplemente, al ’dolce fare niente-. Qué hacer cuando la compra se convierte en un acto pesado que espesa tu tiempo de ocio mientras las amistades te reclaman......
Los que van al hiper, también de Eroski, ¿se supone que serán personas no lectoras, poco deportitas y que no sabrán disfrutar del ’no hacer nada’?.
Es más los clientes on-line son también atareados, deportitas, ’artistas’, caseros y viajeros. Los que van al hiper ¿serán vagos, poco activos, nada creativos, poco amantes de su hogar y sedentarios pasivos?.
Las trampas de los modelos pero, también el poder aprender de la segmentación según canal. Seguro que de esto se podría-debería aprender. Tiene que ser complicado atender a públicos tan distintos Etiquetas: Publicidad, Eroski, Tiempo_para_la_lectura, Segmentación_de_clientes Madurar consiste en ir perdiendo esas ilusiones de juventud, no esperar demasiado en la vida. Cuando eres joven te quieres comer el mundo y luego te das cuenta de que es difícil de roer. (Julio Llamazares 10/04/2005) Etiquetas: Madurar, Vida, Julio_Llamazares Demos tiempo al tiempo: Para que el vaso rebose Hay que llenarlo primero. (Antonio Machado; Proverbios y cantares, El País, pag. 72) Etiquetas: Tiempo, Antonio_Machado Dejar que el trabajo ocupe la mayor parte de nuestras vidas es una locura. Hay demasiadas cosas importantes que requieren tiempo, como los amigos, la familia, las aficiones y el descanso. …Cuando el trabajo engulle tantas horas, el tiempo que queda para todo lo demás es mínimo. Incluso las cosas sencillas –llevar los niños a la escuela, cenar, charlar con los amigos- se convierten en una carrera contra reloj. Una manera infalible de lograr ir más despacio es trabajar menos. (Carl Honoré; Elogio de la lentitud, RBA, pag. 159) Etiquetas: Trabajo_y_Tiempo, Elogio_de_la_lentitud, Carl_Honoré En la vida de toda persona llega un momento en que se queda sola y nadie puede ayudarla. (Sandor Marai; La mujer justa; Salamandra, pag. 125) Etiquetas: Soledad, Persona El único lector verdadero es el lector pensativo. (Pierre Péju; El librero Vollard; Tropismos, pag. 54)
No ha sido mañana, ha sido un poco después. Habíamos dejado pendiente el tema de los soportes, quizás sea mejor, en este caso, hablar de dos lógicas distintas: la del papel (para leer texto y ver imagen) y la de la pantalla (también para leer o ver).
Recogíamos ya en abril el comentario de Ferrarotti sobre la diferencia de lógicas entre la escritura y lo audiovisual. Decíamos que lo alli señalado también podía pasar en los libros.
Pero, aparte de los "contenedores" y sus precios hay una diferencia quizás más importante en los usos y sentidos del tiempo en cada uno de los casos.
Así, y en relación a la Televisión y su visionado Carl Honoré señala que: La televisión puede entretener, informar, distraernos e incluso relajarnos, pero no es lenta en el sentido más puro de la palabra. No nos concede tiempo para hacer una pausa o reflexionar. La televisión dicta el ritmo, y éste suele ser más rápido: imágenes en rápida sucesión, diálogo acelerado y veloces montajes. Además, cuando miramos la televisión, no establecemos relaciones. Por el contrario, nos sentamos en el sofá, absorbiendo imágenes y palabras, sin dar nada a cambio. La mayor parte de las investigaciones revela que los espectadores adictos dedican menos tiempo a las cosas que realmente hacen la vida placentera, como cocinar, charlar con la familia, ejercicio físico, el amor, las relaciones sociales, el trabajo de voluntariado. (Carl Honoré; Elogio de la lentitud, RBA, pag. 186). Me fijo en los siguientes detalles que son los que ahora me interesa resaltar:
- No nos concede tiempo para hacer una pausa o reflexionar. Alguien podría decir que para eso estaría el vídeo, pero ello nos obligaría a tomar decisiones fuera del propio proceso de visión.
- El visionado de imágenes supone ritmo mayores e, incluso, subliminales.
- Pasividad ante el medio.
Un segundo elemento más comparativo y señalado por Ferrarotti: El libro está arraigado. Se vincula a una lengua, a una cultura específica, a un país, a un barrio. Hablo de la lengua nacional, pero también de los dialectos. Remite a un conjunto concreto de los valores en un contexto histórico determinado. La televisión borra la historia. Aplasta a sus espectadores contra el presente. Los aplana. No tiene oído para el antecedente. Quema los puentes hacia el pasado. No puede proyectar nada porque promete ya, aquí y ahora, todo posible futuro. Es local y global al mismo tiempo. Está en todas partes y en ningún lugar. (Franco Ferrarotti; Leer, leerse, Península; pag. 25). Recordemos, en este sentido, también la frase de la novela "El fusil de mi padre": Después de la telenovela Anter y Habla daban un documental sobre el mar y los peces, en el que, al menos durante media hora, un hombre alto y delgado, con una expresión muy seria y con una boina roja en la cabeza, hablaba una lengua extraña que me daba miedo. Yo tenía muy claro que nosotros hablábamos kurdo, los iraquíes árabe y el resto del mundo inglés. ¿Cuál podría ser pues la lengua misteriosa que hablaba aquel hombre?. La televisión de mi tío daba también películas indias. Pero yo no estaba contento; no había nada en mi lengua. Eso me intrigaba mucho. ¿Tal vez nuestra voz no podía trasmitirse a través de la pantalla? ¿O quizás la lengua de la televisión la escogían en el país donde fabricaban los aparatos?. Tenía muchas ganas de poder mirar una televisión kurda….y juré que algún día haría hablar a aquella máquina en kurdo. (Hiner Saleem; El fusil de mi padre; Anagrama, pag. 57).
Para la lectura y para el libro en nuestro idioma, en nuestra lengua, con unos arraigos concretos los ritmos y los tiempos pueden y deben de ser distintos. "El acto de tomar asiento y enfrascarte en la lectura de un texto es algo que planta cara al culto de la velocidad. Como ha dicho el filósofo francés Paul Virilio, “la lectura implica tiempo para la reflexión, una reducción del ritmo que destruye la eficiencia dinámica de la masa”. Incluso en una época en que las ventas de libros, en general, se encuentran estancadas o descieden, mucha gente, en particular ciudadanos cultivados, están enviando al infierno a la eficiencia dinámica y se acomodan en su asiento con un buen libro entre las manos. Incluso es posible hablar de un renacimiento de la lectura". (Carl Honoré; Elogio de la lentitud, RBA, pag. 187)
Ya recogimos también esta relación distinta y de valor a través de unas palabras de Paco Puche.
Podríamos casi afirmar que no hay lectura ni (¿libro?) sin una cierta cadencia de tiempo que posibilite la creación y el pensamiento.
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Tiempo, lentitud y lectura-1 Tiempo, lentitud y lectura-2 Etiquetas: tiempo_lentitud_y_lectura, libro, pensamiento Recogido en una comida familiar:
Los berrinches te los llevas con los compañeros, no con los pacientes o los alumnos.
Luego habamos de la importancia del trabajo en equipo. Triste Etiquetas: Compañero Ya en noviembre, recogíamos una reflexión de Paco Puche en la que constataba la necesidad de tiempo para el libro. Tiempo no para cualquier cosa, tiempo no para leer más, cantidad, sino como Paco dedía para ensimismarse, acotar, repasar, suspirar, clamar, dormir… tal vez soñar..
Víctor Moreno, no tiene del todo claro o no parece compartir este planteamiento cuando afirma que lectura y tiempo corresponden a dos realidades de decisión distintas y así afirma que: • “Decir que para leer se necesita todo el tiempo del mundo es un excelente discurso para ahuyentar a futuros lectores, pues si de algo no dispone la gente, es de tiempo. Asociar lectura con tiempo resulta muy peligroso. Al fin y al cabo, la decisión de leer pertenece a la voluntad, y el tiempo a la economía de producción, a la que todos, con sus más y sus menos, estamos sometidos” (Víctor Moreno; No es para tanto; Divagaciones sobre la lectura, pag.106)
De todas maneras para todo lo que hacemos necesitamos tiempo, incluso para el ocio. reivindicamos aquí, en primer lugar, un cambio de intensidad. No es tanto un problema de más, sino de mejor que es difícil resolver, y quizás en esto Víctor Moreno tenga razón, desde las lógicas de la (sobre)producción, tan bien y también reflejadas en el mundo de la ’industria (sobre)productiva del libro.
Hay, también, una clara defensa del soporte libro como condicionante del ritmo de lectura. Lo cual nos lleva a dar un paso más. Quizás, no es lo mismo en qué soporte se lee.
Así, José Antonio Marina reivindica al libro como soporte para una forma de lectura lenta. Ya decía Dámaso Alonso, también que la cultura es lentitud. .
Veremos mañana si otros soportes nos permiten o facilitan esta lógica de la lentitud.
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Tiempo, lentitud y lectura_1 Etiquetas: Lentitud_y_lectura Ya hace unos meses Alfons Cornella situaba, en un breve artículo al tiempo como elemento central al hablar de la soberanía del tiempo..
El planteamiento guarda una cierta relación con el libro que comentábamos ayer y con otro anteriormente comentado que lleva por título "Del buen uso de la lentitud".
El propio Cornellá hace referencia a la conveniencia de tener tiempo y silencio para poder leer con tranquilidad. Aquí es donde hoy me quiero parar.
Ya escribíamos ayer que a la hora de comentar el libro Elogio de la lentitud íbamos a dejar para un tratamiento aparte el tema de la lectura.
De muchas de las lecturas que voy haciendo, casi de todas, voy tomando notas que después voy clasificando y que me permiten una cierta ’relectura’ de lo leído. Me ha resultado curioso ver reflejada esta práctica de lectura lenta o quizás de lectura reflexiva en el libro de Honoré cuando cuenta la siguiente experiencia:
Dale Burnett, profesor de educación en la universidad de Lethbridge, ha descubierto una versión de alta tecnología de la lectura lenta. Cada vez que lee un libro de cierta importancia (las novelas de aeropuerto no son aplicable) escribe un diario cuyo soporte es una página web de internet. Después de cada sesión de lectura introduce en la página citas memorables e impresiones, detalles básicos sobre el argumento y los personajes y cualesquiera reflexiones que le inspire el texto. Burnett sigue leyendo el mismo número de palabras por minuto, pero tarde de dos a cuatro veces más tiempo en terminar un libro…Observo que ahora tengo una apreciación mucho mejor de los libros que leo-dice-. La lectura lenta es en cierto modo un antídoto del estado continuo de aceleración en que nos encontramos en este momento. (Carl Honoré; Elogio de la lentitud, RBA, pag. 189)
Supone la constatación de la existencia de ’niveles’ de lectura y la necesidad de pasar de una lectura impulsiva a una lectura reflexiva que el ’tiempo de lectura mecánico’ no facilita. Implica la necesidad de buscar un ’segundo tiempo’. Conozco una persona que también realiza esta segunda lectura y que ya desde hace años va elaborando una ficha de cada una de sus lecturas. ¿Supone ello leer menos?. No. Supone leer más profundo e ir contra algunos ritmos que nos imponemos en nuestra propia vida como nos describe Pierre Péju:
Atravesé aquellos días y sus distintas velocidades, sin momentos de verdadera lectura… Nunca me tomé el tiempo para leer, como me gustaba y sabía hacerlo, durante aquella primavera. ¿Dónde y cuándo habría leído? Existía la urgencia de la aventura. Siempre algo que hacer, siempre algo nuevo. En aquel tiempo dilatado, sufríamos una especie de intoxicación por acción, una intoxicación por asamblea general, por organización y por colectivo, que nos obligaba a mantener a distancia la soledad y la singularidad (…) (Pierre Péju; El librero Vollard; Tropismos, pag. 68) ...... Etiquetas: Lectura_y_lentitud El contacto, más que en las largas e inacabables conversaciones, se establecía gracias a simples gestos o miradas. (Alexandre Jollien; Elogio de la debilidad; RBA, pag. 46)
Una llamada inesperada, pero que se agradece.
Unas palabras que buscan a la persona y no al negocio y más si vienen desde personal bancario se agradecen mucho en determinados momentos.
Viernes a la tarde, fin de semana, decisión tomada y suena el teléfono.
José Mari: ¿Cómo estás?, ¿Dime cómo estás?. Lo demás no e importa.
Una voz que se agradece. No una conversación. Fueron dos minutos. Fue un gesto, quizás hecho de complicidades y de conocer en el ir y venir las pocas cosas importantes que a ambos nos han podido pasar.
Hasta el banco se puede convertir en lugar de mediación para vislumbrar a las personas que hay detrás. Etiquetas: Cercanía, amistad, comunicación Estamos presos por las cosas, por la gente, por nuestras costumbres y odios y proyectos y hay que ir desprendiéndose de todo y eso es difícil. (Vergílio Ferreira; En nombre de la tierra, pag. 46-47)
Y para ello suele ser necesario:
- parar - hacerlo en soledad - contrastarlo y - enfrentarse a la decisión.
Siempre deja girones en el camino
No permuto la libertad y la paz conmigo mismo por nada del mundo....Por otro lado, siempre he creído que nadie es imprescindible y la vida así lo demuestra.(Koldo Saratxaga; ¿Sinfonía o jazz?; Granica, pag. 373 y 374) Etiquetas: Decisión, Coherencia, Vergilio_Ferreira Cuando te comuniques con alguien sin mirarle a los ojos (lo que incluye lógicamente foros, chats, mensajería instantánea, e-mails...), asegúrate por todos los medios de que ha entendido lo que querías decirle en el sentido exacto en el que querías decírselo. Nota: los emoticonos no siempre son la solución. (José Manuel)
Todavía sigue siendo importante, incluso para los ’negocios’ el vernos y el tocarnos.
Hoy he hecho 6 horas de viaje, entre ida y vuelta, para cerrar, en no más de media hora, una propueta de trabajo presentada. También, todo hay que decirlo, hemos aprovechado para comer y, en la comida, una vez cerrado el acuerdo poder hablar ya con tranquilidad de lo divino y lo humano.
Esto ya lo decía mi padre: es mejor sentarse a la mesa con los ’deberes hechos’.
El viaje ha valido la pena, también, para tomar un café rápido con un buen librero que se muestra confuso con las distintas tendencias asociativas comerciales qye se están priduciendo en estos momentos en el ámbito librero estatal. Él piensa, yo también, que sería interesante una que apostase con claridad y nitidez por el plus cultural. Tiempo al tiempo.
y qué decir de la estupenda puesta de sol que he podido contemplar a la vuelta. Siempre se puede aprovechar el viaje para ver y pensar con calma. Etiquetas: Roce, contacto Durante unos cuantos días he mantenido en relación a este blog un Tiempo de silencio movido, al fin y al cabo, por las prisas de otros proyectos y por la sensación de trabajo y de cierta ’obligación falsamente impuesta’ que me suponía el enviar casi todos los días alguna frase a una lista de distribución creada.
Retomo, pues, a partir de hoy, el ritmo de estas ’notas informales’ que no tendrán su concreción en un correo con frase, sino que se irán actualizando aquí, al ritmo que la vida lo permita.
Seguirán dando vueltas a los mismos temas, pero con un ritmo más sosegado. Quizás, también, con menos visitas, pero con la clara intuición, de que quienes vengan y aquí se acerquen lo harán gracias al azar o al interés que supone una predisposición y acción posterior.
Volvemos, por lo tanto al quehacer cotidiano y a la expresión de parte del mismo en este conjunto de opiniones, frases, urls que como pequeños destellos van señalizando un camino.
"El silencio, lo que no se dice, es increíblemente importante....el silencio representa el instrumento principal para establecer la complicidad con el oyente o el lector....El silencio es algo que en parte ha sido creado por el escritor, pero también, en gran medida, por el lector". (Ryszard Kapuscinski; Los cínicos no sirven para este oficio, Anagrama, pag. 122) Etiquetas: Silencio, Sosiego ’Érase una vez la persona culta, empezó diciendo la autora de Canta la hierba, como Ángeles Mastretta dice ’yo vengo de un tiempo humano’, para significar que ahora no es mejor el tiempo, ni son mejores la educación y la cultura’ (Juan Cruz - El País . 24/11/2001) Etiquetas: Tiempo_y_mejora Creo más bien que no nos encontramos de inmediato en un estado de amistad; incluso los seres unidos por un largo entendimiento deben, en cada encuentro, reinstaurar su amistad. Necesitamos cierto tiempo para aproximarnos a otro ser. (Pierre Sansot; del buen uso de la lentitud; Tusquets, pag. 47) Etiquetas: Amistad, Tiempo Según recuerda A. W. Crosby, el tiempo industrial aparece en la primera mitad del siglo XIV, cuando el 24 de abril de 1355 el monarca Felipe VI concedió a la Alcaldía de Amiens la facultad de señalar por medio del tañido de una campana la hora en que los trabajadores de esa ciudad debían acudir al trabajo, la hora del descanso para comer, la hora de vuelta al trabajo y la hora de finalizarlo. Es así como lentamente irrumpe un tiempo nuevo, mecánico: el tiempo del mercado y de la industria, ligado al puritanismo burgués y que desplaza al tiempo de la naturaleza. El proceso de expansión del tiempo del mercado continúa, y ya estamos inmersos en un nuevo debate sobre la liberalización de los horarios comerciales. Desde la histórica huelga de los años 70 de los panaderos por no abrir los domingos, el proceso de liberalización y desregulación de horarios y de tiempos de trabajo ha sido imparable. La primera gran ruptura en nuestros modos de consumo se produjo con la aparición de las grandes superficies, que prolongaron sus jornadas de 10.00 a 22.00 horas, de forma ininterrumpida y de lunes a sábado. Posteriormente la modalidad de no cerrar al mediodía se ha ido extendiendo entre tiendas de moda y grandes almacenes de cara a facilitar el consumo a aquellas personas cuyos horarios laborales coinciden con los comerciales.
En este proceso liberalizador colisionan variados intereses y se entrecruzan muchas dimensiones. De una parte, se alega que la apertura en domingos y festivos es una demanda de los consumidores. Sin embargo, los datos de los barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas y los de la reciente encuesta realizada por este diario indican que no existe una demanda de apertura en días festivos, ya que casi de forma constante un 87% de los encuestados manifiesta no sentirse perjudicado por el cierre de los establecimientos comerciales en domingos y festivos. La lucha entre grandes y pequeños comerciantes sí parece que tiene más que ver con los intereses económicos en juego que con una demanda social, y en esta reestructuración del mercado de distribución todo apunta a que sea el pequeño comerciante el que resulte malparado. Aunque las medidas de liberalización no parecen en un principio rentables, pues el coste salarial es mucho mayor que la rentas obtenidas, existe el fundado temor de un paulatino desplazamiento del consumo desde el comercio de proximidad a los grandes centros comerciales. En esa lucha encarnizada por la ampliación de la cuota de mercado, los grandes centros comerciales podrían en una primera fase promover fuertes campañas publicitarias y abaratar los productos, provocando la lenta agonía y el cierre del pequeño comercio.
Óscar Méndez trabaja desde los 16 años limpiando callos y cortando hígados a las reses en la casquería del mercado de Aluche, que su abuelo fundó en 1930. Está orgulloso y sigue el ejemplo de su abuelo: «Si un día un cliente no tiene dinero, le cobramos cuando lo tenga, si podemos. A ver si lo hacen en las grandes superficies». Pero Óscar cree que muchos clientes le abandonarían si las grandes superficies abrieran los domingos: «Cuanto más abren ellos, más bajan nuestras ventas». Es de prever que, paulatinamente, los grandes centros comerciales irían absorbiendo parte de la cuota de mercado de los pequeños comercios, con un desplazamiento de la distribución del centro a la periferia. Y aunque en un primer momento esto podría beneficiar al consumidor, posteriormente, con el pequeño comercio eliminado, se daría una mayor concentración empresarial, menor competencia, peor servicio, desertificación e inseguridad del centro urbano, mayor utilización del vehículo privado, etcétera.
Por otro lado, la liberalización de los horarios comerciales presenta una dimensión sociolaboral en cuanto que destruye empleo, modifica la naturaleza del empleo que se crea y transforma las relaciones laborales. En efecto, el Observatorio Europeo de Relaciones Laborales, EIRO, calcula que 277 empleos de hipermercado sustituyen las ventas de 318 empleos de supermercado y de 1.557 de comerciantes tradicionales. Asimismo, ASEDAS ha calculado que en la Comunidad Autónoma de Madrid, la más agresiva en la liberalización de horarios, se destruyeron 55.000 empleos entre 1996 y 1999, y desaparecieron cerca de 19.000 establecimientos. Según este mismo estudio, la apertura en domingos y festivos supondría en España una pérdida neta de entre 34.000 y 65.000 empleos. Además, vendría acompañada de una pérdida de calidad del empleo, puesto que muy probablemente se sustituiría empleo estable por contratos a tiempo parcial y con horarios irregulares.
Por último, la liberalización de los horarios comerciales tiene profundas repercusiones en la vida privada y pública, en los tiempos de ocio y en los tiempos de la ciudad. A la mercantilización de los bienes y del espacio le sigue la mercantilización del tiempo. Como dice Rifkin: «Cualquier instante de nuestro tiempo libre se rellena por algún tipo de conexión comercial, convirtiendo así al tiempo en el más escaso de todos los recursos». El estudio de La Caixa ’La familia española ante la educación de los hijos’ señala que «el descuido de la educación de los hijos en el seno familiar es un factor de deterioro», y también es sabido que los adolescentes con familias poco cohesionadas consumen más drogas. ¿Cómo va a atender adecuadamente a sus hijos una madre que trabaja los fines de semana y que libra los miércoles? ¿Cómo se va a conciliar en estas circunstancias la vida laboral y la vida familiar? Fernanda Martín tiene dos hijos de 13 y 17 años, y regenta una humilde tienda de ultramarinos en Moratalaz. Trabaja junto a su marido de nueve a ocho de la tarde y tiene miedo de que los grandes centros comerciales puedan abrir los fines de semana: «Si tenemos que meter un empleado de fuera, tendríamos que cerrar. No hay negocio para tanto. Y si trabajamos, los hijos se sentirán fatal. Quiero los domingos para mis hijos». Pero además de la mercantilización del tiempo de ocio y de la desatención de la familia, la liberalización de los horarios trastoca el tiempo de la ciudad, convulsiona los tiempos colectivos y de participación ciudadana y, con ello, la democracia se ahoga por falta de tiempo. Etiquetas: Tiempo_de_trabajo_y_tiempo_de_vida Las palabras del campo
Hay una clase peculiar de goce verbal que encuentro sólo en el campo, en plena naturaleza. Tras un rato de marcha por un sendero solitario de montaña, en el silencio del amanecer o del crepúsculo, me sobreviene a menudo una extraña apetencia de palabras, ya sea de decirlas, oírlas, leerlas o escribirlas. Pero es que, además, en esas palabras encuentro un deleite particular.
Me pasa en el campo con el lenguaje lo mismo que con la comida: que me apetece más y me sabe mejor. Y no hacen falta allí grandes banquetes ni gollerías gastronómicas, porque en cuanto sale uno a caminar al aire libre, los alimentos más sencillos -las más modestas palabras- se convierten en manjares exquisitos. A veces me llevo de excursión un libro de poesía, y los pocos versos que leo tumbado en la hierba a la sombra de una encina, la cabeza apoyada en el macuto, los encuentro más significantes, más hondos, más hermosos. Pero también me ocurre algo parecido con el periódico: en el campo disfruto más con el hojaldre de sus páginas, relleno de buena prosa informativa, que encuentro entonces dotada de una textura especial, de una carnosidad más grata.
Para mí, ya digo, hay algo en el campo que "pide" palabras. Me siento a descansar un momento, respiro hondo, contemplo el paisaje con morosidad placentera, y me entran enseguida esas ganas absurdas de sacar de la mochila el cuaderno y el bolígrafo para ponerme a escribir no sé muy bien qué, muchas veces para anotar sólo dónde estoy, lo que veo a mi alrededor..., es decir, para dejar una mínima constancia del hechizo del instante, de la maravilla de que existan lugares tan bellos y silencios tan limpios. Pero trazar en el papel esos apuntes paisajísticos, o simplemente registrar los nombres del lugar, los topónimos, me proporciona un placer especial.
Si hojeo mis libretas, no tardo en encontrar ese tipo de anotaciones, que a pesar de ser lacónicas, de apenas unas líneas, consiguen devolverme la imagen de un paseo, de un viaje, de una hora suspendida en el tiempo. Como la que escribí un día de marzo de hace diez años a la orilla del río Rus, en un rincón de La Mancha, mirando pasar la corriente bajo los árboles, en una "sobremesa de aire, agua, luz y verdor". O esa otra más cercana, del cuatro de enero pasado, en el viejo camino de Tamajón a Retiendas (provincia de Guadalajara), en busca del monasterio en ruinas de Bonaval: "Silencio y soledad para empezar el año. A la vera del arroyo del Pueblo -una agüilla mínima y callada-, endrinos y quejigos, pinos y sabinas, torvisco, jara y espliego". O, por último, las notas en las que se basa este artículo, tomadas hace unos meses en el berrocal de Ortigosa del Monte, en Segovia ("prados floridos, encharcados; el gorgoteo del agua por acequias, regatos y arroyuelos...").
Pienso que una de las razones por las cuales en el campo me apetecen más las palabras, y las saboreo con más agrado, debe de ser el esfuerzo físico, que también explica el buen apetito y el gusto con el que se almuerza o se merienda en una excursión. Después de un par de horas caminando por la sierra, el deseo de palabras y la fruición verbal pueden deberse en parte a la euforia que producen el festín de oxígeno y el baile de endorfinas, que tal vez ayuden a aguzar la percepción y la sensibilidad. El ejercicio físico, por otra parte, también puede obligar a hablar menos de lo normal, por no malgastar las fuerzas, y tal vez por ello se miden más las palabras, se escogen mejor, se pronuncian menos gratuitamente, y aumenta así la probabilidad de que el oído las reciba como un regalo. Además, el ir llenándose los pulmones de aire puro produce un efecto inmediato en las voces de los caminantes, que se emiten entonces mejor timbradas, con una sonoridad más agradable.
Silencio, paisaje y palabra
Pero las voces no se oyen más bonitas en el campo sólo porque se modulen de manera más depurada, sino también por el medio en el que se difunden, que resulta más propicio para que se aprecien mejor. Y ese es otro de los motivos por los que creo que en mis paseos por el monte experimento el peculiar regusto verbal del que vengo hablando: me refiero al silencio, al silencio que se disfruta en la soledad del campo, y que da un relieve especial a lo que en él se dice, se escribe o se lee: al percibirse exentas, fuera de su marco acústico habitual (el tráfico, otras conversaciones...), las palabras adquieren por contraste una corporeidad de contornos más nítidos, alcanzan algo así como su plenitud resonante, una afortunada sazón sonora.
Habrá quien piense que, en el campo, más vale callar. Primero, para degustar mejor el silencio, tan precioso y tan escaso en nuestra vida urbana diaria que más vale no desaprovecharlo. Pero también porque en medio de la Naturaleza lo que hay que escuchar son las voces del viento y el agua, el canto del cárabo y el mochuelo, el crujido placentero de la pinaza o de la coscoja quebrándose bajo los pies... De modo que ese prurito verbal en medio del campo, ese querer hablar, leer o escribir allí, ¿significa que no valora uno lo que está viendo y oyendo, que no está disfrutando plenamente del paseo, del entorno natural? ¿Es una muestra más de ese inmaduro querer siempre una cosa distinta de la que tenemos? ¿O más bien un deseo -típicamente masculino, diría alguien- de rasgar el lienzo inmaculado del silencio, de inscribir en su blancura el propio signo?
En mi caso, desde luego, no se puede hablar de miedo al silencio, de un horror vacui de tipo sonoro, porque si salgo a caminar por la montaña de vez en cuando, lo hago precisamente huyendo del ruido, entre otras cosas. Por eso, no es que en el campo me entren unas ganas irrefrenables de discursear por lo largo ni que me vea armado de repente de un insólito deseo de soportar monsergas ajenas, no. Tampoco me parece que lo que yo busque sea un contrapunto momentáneo a la banda sonora de la Naturaleza, y a su silencio, para luego apreciarlos mejor. Se trata más bien de la vieja técnica de potenciar un placer (en este caso, el placer del lenguaje) con otro que se saborea al mismo tiempo (el placer de estar al aire libre, en un paraje de especial belleza). Como quien se toma el café junto con la tarta de chocolate, y no después, o como quien enciende el habano sólo cuando suenan las primeras notas del disco y ha bebido ya el primer trago de ron.
Pero hay al menos otras dos razones que podrían explicar todo esto. La primera consiste en el hecho de que por el campo suele uno ir sin prisa, con el ritmo y la disposición adecuados para hacer un buen uso de la lentitud, como proponía Pierre Sansot en un hermoso ensayo. Con el ánimo bien dispuesto, por ejemplo, para detenernos a elegir con cuidado lo que vamos a decir, paladear demoradamente una palabra que acabamos de escuchar o levantar la cabeza del libro más veces de las habituales cuando queremos apreciar mejor una frase. O para entretenernos en una conversación sin urgencias, sin precipitaciones, sin plazos, una de esas conversaciones en las que podemos hablar de cosas de las que normalmente no hablamos.
Y la segunda razón a la que me refería es el mandato imperioso de la belleza de un paisaje, que reclama, en correspondencia, la belleza de las palabras para decirlo. De ahí que, cuando tenía quince años, en una larga marcha a pie por los Pirineos en la que participé, me chocara tanto que algunos monitores, al ganar una cima o un puerto de montaña tras horas de fatigosa ascensión, y maravillarnos todos por la vista impresionante de cielo, valles, cumbres, bosques, ríos y lagos, sólo acertaran a exclamar: "¡Qué cojonudo!" o "¡Es de puta madre!"... Las palabras del campo
La belleza de las palabras, decía. Pero, puestos a precisar, lo que quiere el amante del lenguaje en el campo es recrearse en la belleza de las palabras... del campo. Palabras cálidas y seductoras, como ha explicado muy bien Álex Grijelmo, y que atesoran el encanto de lo antiguo, un gran valor simbólico y emocional y una precisión que nos fascina. Son las palabras que hablan de los accidentes del terreno, de las elevaciones y depresiones que presenta (nava, collado, vaguada, cueto, cabezuela, mogote) y de los cursos de agua que lo recorren (manadero, regato, cadozo). El léxico de la tierra (blanquizal, tabón, albarizo) y el de las partes y parcelas en que el hombre la divide y la organiza (pegujal, alfaba, cahíz, hijuela). Las palabras que hacen falta para hablar de las mudanzas del tiempo y de la variada condición de los meteoros (aguacero, nevasca, calabobos, calorina, helor). La nómina propia de la caminería (cañada, trocha, cordel, vereda), de la industria rural del agua y el viento (aceña, alguarín, socaz, ruejo, zangarilla), de las habitaciones del campo (borda, majadal, abrigaño, quintería)... Y los nombres de las plantas y de los animales, claro, y el repertorio de vocablos que se refieren a la labranza, y tantas otras cosas y palabras...
En cualquier caso, es posible que no todos aprecien el encanto de estas voces: quizá sólo quienes no somos de campo podamos sentir una determinada complacencia en las palabras del campo, tal vez porque percibamos su magia de manera nítida, libre de las molestas adherencias de utilidad o rutina que a lo mejor tienen para quienes conviven con ellas desde siempre. Pero, ¡ay!, son ellos los que las conocen, y nosotros, pobres palurdos de ciudad, ¡cuántas veces las echamos en falta cuando vamos al campo, y cómo nos duele entonces la ignorancia!, ¡qué impotencia sentimos a menudo a la orilla de un río o subiendo una montaña!: todo aquello cuyo nombre ignoramos desplegando su belleza anónima ante nuestra inteligencia mutilada, incapaz de apropiársela plenamente. Esa dolorosa conciencia de no estar enterándonos bien de lo que vemos, porque no tenemos la más lejana idea de cómo se llama...
En la ribera de un arroyuelo, monte arriba, entre Robledondo y Santa María de la Alameda, una tarde de junio, a la caída del sol: este insecto colilargo que repite incesante su breve vuelo en picado para remontarlo a continuación y seguir sin descanso zambulléndose una y otra vez en el aire de color oro y violeta, venga a caer en vertical y a subir de nuevo igual de rápido, como si ascendiera tirado por un hilo elástico, con el movimiento de un yo-yo..., este insecto ¿cómo se llamará? Porque se parece a una libélula, pero no..., una libélula no es... Y no hay remedio: nos quedamos sin saberlo. "¿Hasta cuándo voy a ignorar vuestros nombres?", se pregunta José Antonio Muñoz Rojas, el poeta antequerano, dirigiéndose a las humildes, a las "nobles yerbecillas" del campo. Aunque luego descubrimos que en realidad muchas de ellas sí sabe nombrarlas: "Los que llaman nazarenos, la que dicen lechitrezna, los zapaticos del Niño Dios (que son el prodigio de finura con que Dios pisa la tierra), los jaramagos..."
Y es que alguien nos las tiene que enseñar, las palabras del campo, porque de lo contrario nunca las aprenderemos. Nuestro maestro puede ser un libro, una guía, un vademécum de caminante: por ejemplo, las descripciones de rutas por los alrededores de Madrid que publica Andrés Campos en un diario de la capital, y cuya lectura es siempre una delicia, entre otras razones por la riqueza de su lenguaje (escarpe, melojos, ribazo, portilla, brezina, piedemonte, cantil... y otras cientos de palabras igual de bonitas y certeras). El problema es que cuando estamos en casa, al encontrar en un libro una de estas seductoras palabras de campo, que se nos antoja muy hermosa, la hallamos desprovista de su necesario referente, de la imagen viva de aquello a lo que da nombre. Y cuando estamos en el campo, disfrutamos con lo que nos rodea, con lo que vemos, pero nos faltan las palabras para poder nombrarlo. ¿No resulta frustrante?, ¿cómo ligar la cosa y el vocablo?, nos preguntamos.
Por eso, lo que más anhelamos es poder oír in situ esas palabras de boca de alguien que las conozca bien, tal vez de alguien del lugar para quien sean palabras de toda la vida, palabras vividas. Así que siempre agradecemos la feliz coincidencia de que quien va caminando a nuestro lado por el campo nos diga de repente: "Mira qué bonita dedalera", "esas colmenas como casitas se llaman dujos" o "no tires por ese atajo, que te acabas enriscando". Se entiende, pues, que le guste a uno salir al monte con Higinio, con su dominio de las plantas y hierbas comestibles, aunque la cosa también tenga sus inconvenientes. A saber, por ejemplo: que las setas que uno encuentra cuando va con él, da siempre la casualidad de que son venenosas según su autorizado juicio, mientras que sólo las que él descubre resultan llevar nombres apropiados para acabar en la cazuela (en su cazuela): níscalos, boletus, senderuelas, mansarones...
Pero no siempre va uno acompañado al campo, y mucho menos acompañado de quien nos pueda dar estas modestas alegrías de tipo léxico. Y en el monte no suele haber letreros con los nombres de las plantas, de las rocas, de los bichos (aunque cuando los hay, como en el bosque de la Herrería de El Escorial, se pueden aprender en ellos palabras preciosas: ládano, por ejemplo, que es como se llama la sustancia pegajosa de la jara). Así que, movido de estas melancólicas consideraciones, se pone uno a fantasear, absurdamente, con el advenimiento de una nueva tecnología lingüística: que pudiera uno llevarse al campo un aparato (ya se sabe, cuanto más pequeño y liviano, mejor) que, al enfocarlo sobre la cosa apetecida, nos mostrara en una pantallita su nombre, o sus nombres, con su definición, su etimología, referencias de uso, notas de alcance... Un instrumento, en fin, para quienes además de disfrutar de la Naturaleza y ser aficionados a "rumiar el pasto del paisaje recién contemplado", como escribió Unamuno, gustan también de rumiar y saborear las palabras del paisaje, las palabras del campo.
Notas . El libro de Pierre Sansot que cito se titula Del buen uso de la lentitud, y lo publicó en 1999 la editorial de Barcelona Tusquets en su colección "Los cinco sentidos", traducido al español por Mercedes Corral y Jean-Michel Pikias, y con ISBN 84-8310-652-3. . Menciono también a Álex Grijelmo: me refiero a su libro La seducción de las palabras (y en concreto a su capítulo sobre "El valor de las palabras viejas"), publicado en Madrid por Taurus en el año 2000 (ISBN 84-306-0409-X). . La cita de José Antonio Muñoz Rojas procede de su libro Las cosas del campo. Yo lo he leído en la edición de Pre-Textos (colección La Cruz del Sur), en su quinta reimpresión, de 2004. ISBN 84-8191-250-6. . Andrés Campos viene publicando desde hace años todas las semanas una ruta por las cercanías de Madrid en las páginas locales de El País. Algunas de ellas están recogidas en libro Madrid desconocido, Asociación Los Libros de la Catarata, 1999, ISBN 84-8319-068-0. . El Higinio del que hablo en el artículo es Higinio Pascual, coautor, junto con Javier Tardío y Ramón Morales, de Alimentos silvestres de Madrid: guía de plantas y setas de uso alimentario tradicional en la Comunidad de Madrid, Ediciones La Librería, Madrid, 2002, ISBN 84-95889-30-7. . Hay dos artículos de Cuaderno de lengua que tienen cierta relación con éste: "Pasos y palabras (de viaje por el Camino de la Lengua Castellana)" (http://cuadernodelengua.com/cuaderno15.htm) y "La música de los topónimos" (http://cuadernodelengua.com/cuaderno23.htm). Etiquetas: Victoriano_Colodrón, Palabras_y_naturaleza ‘El tiempo es un elemento extraño, un elemento de la vida, y no se puede medir según su propia medida; ya sus compañeros, los escritores clásicos de la antigüedad, constataron que un momento, un momento pleno, puede ser más duradero que los años o las décadas precedentes que no han sido plenos’
(Marai, S.; La amante de Bolzano, Salamandra, pag. 174) Etiquetas: Sandor_Marai, La_amante_de_Bolzano, Sentido_del_tiempo Hay un tipo de silencio que es casi tan fuerte como un grito. (Raymond Chandler; El largo adiós; El País, pag. 413)
Polanco ya no tendrá que temblar.
La última vez, fue en Octubre, con motivo de la inauguración de la exposición de María Eugenia en la sala del Hotel Indautxu. Quizás, haya sido la última vez que salió a la calle. Quizás, ha sido también la última vez que el Jesús del gran poder tembló al oir en la lejanía de los labios de José Luis la petición de que le hiciese llegar posible información de lo bien que le había venido la llegada de los socialistas al poder para sus negocios editoriales y educativos.
Siempre estábamos en esa amable dialéctica que aquí en Bilbao en los paseos, en las cenas, en las tertulias posteriores la vivíamos con gusto y cotidianeidad. Opiniones y Puntos de vista encontrados y contrastados siempre mejor con algo que permitiese alimentar a la boca que quería seguir hablando, escribiendo, pensando y disfrutando.
Noches de espera con Maria Eugenia y Daniel pendientes del cierre diario de El Mundo que ya no serán igual.
Polanco podrá vivir tranquilo. Los nacionalistas también. A los atípicos, siempre nos respetó.
Hasta pronto José Luis Etiquetas: José_Luis_Villacorta, Amistad Entre los 50 hombres más influyentes del planeta, según Forbes, no aparece hoy ningún jefe de Estado o de Gobierno, sino tan sólo hombres de multiempresas que toman decisiones sin someterlas a ningún parlamento o consulta popular. (Vicente Verdú; El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción, Anagrama, pag. 96) Etiquetas: Poder, Vicente_Verdú Asistí ayer en Bilbao a las ocho de la tarde a la inauguración de la exposición de María Eugenia en la Sala K-Toño del Hotel Indautxu.
Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y más, todavía, que no veía a José Luis.
A veces, casi siempre, el tiempo y la distacia en lo afectivo nos hacen distorsionar la realidad. José Luis hizo un gran esfuerzo para asistir y allí se vio rodeado de gente, pero sobre todo de dos personas que hicieron que recordase y volviese a sentir lo que supone la amistad deseinteresada. Acompañado de un amigo de toda la vida, de los del barrio, de los de las trastadas infantiles y correrías juveniles y de un pintor que mostró más sensibilidad o que trasladó la misma del pincel al tacto y a la voz, allí estuvo tranquilo a ratos, nostálgico, en otros, sobre todo cuando salía Daniel en la conversación, exc´peitco e irónico en los más, pero disfrutando del momento y la compañía. Etiquetas: Amistad La velocidad es una cierta forma de fascismo. (Ventura Ruperti y Jordi Nadal; Meditando el Management, Gestión 2000, pag. 94) Etiquetas: Tiempo, Velocidad, Fascismo Apareció ya hace unas fechas un excepcional artículo en El Correo que tras el título ’Tiempo de trabajo, tiempo de vida’ esconde una profunda reflexión sobre las peligrosas trampas de la falsas políticas liberales.
También ha escrito recientemente Pedro Ugarte en El País sobre la importancia del tiempo de ocio y sobre los engaños que pretenden colarnos los políticos ante la pérdida del mismo, recolocándolo en parámetros de calidad, cuando, como bien señala Pedro, aquí es mejor hablar de cantidad primero, vamos que es el único caso en que ’más es mejor’ o por lo menos permitirá que lo sea.
Copio el último párrafo del artículo anteriormente citado porque me parece clarividente en el peligro que señala: Pero además de la mercantilización del tiempo de ocio y de la desatención de la familia, la liberalización de los horarios trastoca el tiempo de la ciudad, convulsiona los tiempos colectivos y de participación ciudadana y, con ello, la democracia se ahoga por falta de tiempo
Y, sino, al tiempo................ Etiquetas: Tiempo, Ocio, Mercantilización El desarrollo es sostenible si las generaciones futuras heredan un entorno de una calidad al menos igual al que han recibido las generaciones precedentes. (Ignacio Ramonet, Guerras del siglo XXI, Mondadori, pag. 33) Etiquetas: Desarrollo, Sostebilidad Si democracia significa compartir equitativamente los recursos y la riqueza, los medios de producirla y los medios de poder, el mundo de hoy es mucho menos democrático que antes. (Leonardo Boff; La voz del arco iris, Trotta, pag. 192)
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